Entre el rastro del profeta y el rastro del poeta

Ruth Gordillo R.
rgordillo@puce.edu.ec

 

“Por lo demás, que cada cual camine conforme le ha asignado en suerte el Señor.”

San Pablo, 1 Corintios 7, 17

 

“Allons ! La marche, le fardeau, le désert, l’ennui et la colère.”

Arthur Rimabaud, Une Saison en enfer

 

Pablo

Pablo camina hacia Roma; en cada paso está el rastro del deseo más profundo por fundar. Responde a un llamado que los otros no reconocen, pero él escucha y marcha; lo hace para fundar una “comunidad”; su búsqueda no tiene un topos, debe crearlo para finalmente descansar en él y legarlo tal y como lo señala el mandato. Sin embargo, como dice Hanna Arendt en La vida del espíritu, la decisión de Pablo se tensa en una voluntad dividida ‒pneuma/sacks‒, voluntad que no logra asumir la verdad del acontecimiento que es Cristo. En el fondo, sostiene, estamos frente a una voluntad que lucha contra sí misma. ¿Cómo recorrer el camino?

La pregunta se actualiza permanentemente en las experiencias externas como en la interioridad de cada uno; estas últimas, anota Arendt, son relevantes para la voluntad y, puedo añadir, es la voluntad la que nos acerca a la fe. En este sentido, la fe es cada vez distinta, la define su contenido, en él se distribuye el deseo en medio de la precariedad de la voluntad dividida entre lo ilimitado y la ley, entre el adentro y el afuera, vale decir. El tiempo, en este sentido, no cuenta. Pablo se dirige incesante hacia los Gálatas, los Romanos, los Corintios, encuentra el bien, el mal, “en queriendo hacer el bien (to kalón) es el mal el que se me presenta”; la ley le sale al paso y el deseo se quiebra, por un instante, pero sigue, con la ley, con el deseo, “yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ‘No te des a la concupiscencia’ (…) pues sin ley el pecado estaba muerto”. Parecería hallarse ya en la ruta al cielo, ya en una estación en el infierno.

Sin embargo, hay algo más que mueve al profeta. Derrida entrega una lectura que conmueve las epístolas paulinas, aun cuando no se refiera al profeta. En Apories, escribe sobre los límites de la verdad: “La verdad es finita, uno podría pensar, o peor aún, ‘la verdad ha terminado’. Pero, la misma expresión puede significar, y esta vez ya no sería una indicación sino una ley de una prescripción negativa, que los límites de verdad son fronteras que no se deben pasar.” A Pablo le cabe esta escritura en tanto quiere la verdad, es decir, el acontecimiento por excelencia: Cristo. En la búsqueda, el primer obstáculo es su propia voluntad escindida; el segundo es la ley, que define la verdad en cuanto finitud, ‘la verdad ha terminado’, ‘prescripción negativa’, límite absoluto que no puede transgredir. Desde el inicio, su proyecto está condenado por la finitud expresada en su espíritu y en su carne ‒pneuma/sacks‒ y en la condición de la verdad ¿será por eso que solo en la comunidad reside la posibilidad de la verdad del acontecimiento? Si es así, ¿Qué es Pablo? ¿Quién es cada uno que camina? ¿Todos fundamos algo? ¿El poeta funda algo? Tal vez la pregunta correcta surge de la indicación de Derrida, ¿puede ser la verdad infinita? Sea que queramos responder el primer grupo de cuestiones o esta última, quedamos atrapados en el campo de la aporía.

 

 

Tr. «Cuchara con San Pablo como atleta, 350-400. Imperio romano tardío, quizás Siria, bizantino temprano, siglo IV.» Fuente: Archive.org

 

 

Antonio Negri parece hallar una salida. Lo que sigue lo tomo de Job, la fuerza del esclavo: “La verdad solo podía consistir en una nueva visión colectiva en la cual el destino estaba sometido a la potencia.” Entonces ¿puede ser la comunidad paulina el suelo fértil para sortear la derrota prescrita por las condiciones internas y externas del hombre que atraviesa el desierto, una y otra vez?; ¿el profeta, para alabar a su Dios, el poeta, para alejarse de Él? Sin embargo, cuando recobro el rastro que han dejado las páginas de sus escrituras, no puedo dejar de pensar: mismo desierto, distinto andar, misma tragedia, mismo problema; ninguno de los dos gestos es posible porque se pierden en la inconmensurabilidad del llamado divino, queda el dolor y el sacrificio, nada más.

 

Arthur

Arthur camina hacia Somalia, en cada paso está el rastro del deseo más profundo por huir de la comunidad que lo constriñe. Reniega del llamado originario que le entrega la cultura, la familia, los otros en los que no se reconoce. Por eso elige África, lejana, distinta, desierto que espera recibir la huella, es el topos en el que finalmente su pluma ejercerá la fuerza del llamado a la mujer que llora en Nazareth por el hijo muerto, en tiempos en los que Cristo echó a andar; de allí que diga, apenas a sus quince años,  “Jamás me veo en los consejos del Cristo; ni en los consejos de los Señores, representantes del Cristo.” Así empieza su estadía en el infierno.

El gesto inaugural de la travesía es, al mismo tiempo, la clausura: “Heme aquí en la playa armoricana. Ya pueden iluminarse de noche las ciudades. Mi jornada ha concluido; dejo la Europa.” El camino se recorre como si no hubiera principio ni fin, solo camino. ¿Qué forma toma el deseo para adentrarse en las tinieblas? Para H. Miller la existencia terrestre del poeta se “arriesga a no ser jamás otra cosa que un Purgatorio o un Infierno”, inevitable condición de posibilidad para que “el porvenir sea enteramente de él, igualmente si no hay porvenir”; por eso Miller se dirige hacia Rimbaud en un texto titulado Le temps des assassins.

¿Qué tiempos? ¿Quiénes son los asesinos? ¿A quién o qué se asesina? “Esto es de veras lo que me pasó siempre: ninguna fe en la historia, olvido de todos los principios”. Toda la respuesta cabe en la historia de Europa que abandona, el tiempo que ve nacer a Arthur, niño/hombre, ángel/demonio, reunido en el poeta; solo así se entiende que puede dejar correr suavemente las palabras:

Sensación

En las tardes azules de verano, iré por los senderos,
picoteado por el trigo, al pisar la delicada hierba:
soñador sentiré su frescor entre mis pies,
dejaré al viento bañar mi cabeza desnuda.
No hablaré, nada pensaré:
mas, el amor infinito me subirá hasta el alma,
y me iré lejos, muy lejos, cual bohemio,
por la Naturaleza, -feliz como con una mujer.

O desgarrar el relato en una estación diferente:

En las rutas, durante las noches de invierno, sin techo, sin ropas, sin pan, una voz me estrujaba el corazón helado: “Flaqueza o fuerza: ya está, es la fuerza. Tú no sabes a dónde vas, ni por qué vas, entra en todas partes, responde a todo. No han de matarte más que si ya fueras un cadáver”. A la mañana, tenía la mirada tan perdida y tan muerto el semblante que los que se encontraban conmigo acaso no me vieron.

La fe en esa historia es la que se pierde, no la fe como principio. Sin hacer una teología, Arthur reconoce la libertad del hombre cuando “todo está creado, todo es previo”, señala Miller. Esto supone una experiencia de la libertad sostenida en el riesgo permanente, propio de la transgresión. Al igual que Pablo, el dolor se instala en la constatación de la finitud que empieza a mutilar el cuerpo, a dejar correr un rastro de sangre. En este sentido, el infierno no es más que el lugar de efectuación de la finitud, distinto del espacio de la promesa; allí se consolida el desgarramiento, el asesinato, la pobreza, la necesidad de colectar dinero, para la comunidad, para la vejez, qué más da, la urgencia por fundar, el deseo de escapar, de pertenecer, de ser otro, el no ungido, el paria, el asesino. Da igual.

 

El profeta y el poeta: la fe

Mi tesis, en este caso, sostiene que la fe no es otra cosa que el movimiento, no importa hacia dónde; lo definitivo es el deseo imposible de ser cercado, aquel que nos obliga al escape, a dirigir las fuerzas del cuerpo y del espíritu hacia el infinito. En la necedad del gesto, la figura originaria del movimiento puede ser cualquiera, como en el tiempo del profeta o en el del poeta. Sin embargo, el sufrimiento y el sacrificio tienden el puente que cuelga sobre lo inconmensurable y hace lugar a la fe, allí ella transita en las sandalias de Pablo, en el medio paso de Arthur. Por un instante se cruzan, alzan la mirada hacia el otro y siguen, no pueden mirar más alto, ¿es que acaso alguien puede?

Camino, me muevo, escribo, ahora, en este tiempo.


Ruth Gordillo Ruth Gordillo es profesora de Filosofía en la PUCE. Actualmente se encuentra preparando su tesis de Doctorado en Filosofía, sobre el filósofo francés P. Lacoue-Labarthe, en la Universidad del Salvador (Buenos Aires) . Ha dirigido y participado, desde el 2015, en proyectos de investigación que abordan la filosofía del sujeto.